jueves, 5 de marzo de 2009

Mañana/El sueño

Tres niños indígenas, hermanos todos, comenzaban a idear un juego para combatir el difuso aburrimiento causado por la tardanza del autobús. El juego consistía en que los dos niños menores eran perseguidos por su hermana mayor. Sólo tocando el anuncio del para bus, un anuncio de cremas anti-arrugas que mostraba a una modelo rubia sin arrugas aplicándose la crema, los niños menores estaban a salvo de su hermana que los perseguía emitiendo carcajadas contagiosas. Los niños corrían excitados por toda la fila, que era larga, de acá para allá chillando y gimiendo con una alegría característica de ellos. Sus papás, más preocupados por otros asuntos que por el bullicio que causaban sus hijos, apenas les hacían caso y conversaban en su lengua, el náhuatl, de modo que la gente no se enteraba de lo que hablaban. Ellos eran los primeros en la larga fila. El cielo estaba despejado y el sol parecía trabajar con entusiasmo pues un señor, enfundado en un traje viejo color café, se limpiaba las perlas de sudor que recorrían su amplia frente. Detrás de él un chico de grandes ojos pardos leía una vieja revista. La noche comenzaba a quedarse atrás cuando Mingus fue despertado por el sonido de los carros. El preludio a la realidad fue largo, pues aquel muchacho de tan sólo quince años tenía presentes los recuerdos de los que momentos antes habían sido sus sueños.
-Tendré que disculparme hoy con el señor Patrk- pensaba mientras abría lentamente sus ojos. Una lagaña impedía que el parpado izquierdo se abriera por completo. –Eso es, lo haré hoy, me disculparé con el señor Patrk.

Uno de los niños indígenas comenzó a llorar amargamente. Su hermana mayor lo había empujado, por la excitación del juego, y había caído de rodillas, haciendo que éstas se rasparan en el concreto. Un perro bebía agua de un charco apestoso, bajo un puesto de tacos. Había soñado que discutía con el señor Patrk en el salón de clases, que más bien era el patio de juegos; que a su vez era la sala de su casa. El señor Patrk tenía un sombrero chistoso con holanes en la cúspide y una chaqueta nacarada. No vio sus pantalones, pero logró ver su par de zapatos color café claro. El tema a discusión era de índoles políticas y los dos, tanto el señor Patrk como Mingus, hablaban acaloradamente. Momentos después, para sustentar sus argumentos en contra de los del señor Patrk, Mingus entraba en un cuarto y buscaba una sección amarilla. Una señora buscaba la manera de engañar a las veintitantas personas formadas y hacerlas pensar que ella era la primera de la fila. -Aquellos indios serán fáciles de engañar. Pensó mientras caminaba disimuladamente bajo la acera, detrás de la fila. Primero actuó como si no supiera donde empezaba la fila. Después puso las tres bolsas que llevaba frente a los indígenas como si éstas la representaran a ella aguardando el lugar. El chico de los grandes ojos pardos siguió leyendo. La buscaba por todos lados hasta encontrarla encima de Ergna, su perra Cocker Espaniel, que dormía placenteramente. La cogió rápidamente, haciendo que Ergna despertara a precipitosamente. Al regresar Mingus al salón de clases que más bien era el patio de juegos, que a su vez era la sala de su casa, el señor Patrk jugaba ajedrez con su reflejo en el espejo, que iba ganando la partida. Mingus le mostró la sección amarilla y dijo -Al diablo con usted señor Patrk, esto demuestra que usted estaba equivocado. Patrk se levantaba de su silla algo desconcertado, en parte por que iba perdiendo con su reflejo y en parte por la aserción de Mingus. En ese momento caminaban los dos hacia una barda alta. -¿Qué quiere decir con eso, señor Mingus?- dijo Patrk en tono taciturno. De reojo volteó a ver a su reflejo en el espejo y vio como éste festejaba tras el triunfo. Mingus con una marcada desesperación respondió – ¿Qué diablos le pasa, viejo imbécil? La señora aprovechó el bullicio generado por los chillidos del niño tirado en el suelo para meterse por completo. Un contrabajo sonó a la izquierda de la escena, produciendo el efecto Dopler y los dos voltearon hacia la dirección de donde venía. El sonido creció hasta hacerse estrepitoso, haciendo que Mingus y Patrk se llevaran las manos a los oídos. De pronto el sonido se había convertido en el sonido que emite un motor de carro y Mingus se encontraba en su habitación con el parpado izquierdo lleno de lagañas que impedían que abriera. Con su mano en forma de puño intentó rascarse el ojo pero su brazo no le respondió a causa de un fuerte adormecimiento.
-Tendré que disculparme hoy con el señor Patrk.

El camión llegó. La señora de las tres bolsas subió primero, uno de los niños, con los mocos salidos, un raspón en las rodillas y lágrimas aún saliendo de sus ojos, subió después. El chico de los grandes ojos pardos avanzó lentamente hasta el camión sin quitar la vista de su sombra. Ésta no dejaba de imitar sus movimientos, pero de manera más tosca. Piso una goma de mascar, hecho que lo obligó a restregar su zapato contra el piso. La goma de mascar se quedó en el piso en largos hilos rosas. Hurgó en sus bolsillos y sacó de ellos dos pesos.
-Buenos días. El chofer no contestó. Insertó los dos pesos en un depósito que parecía una enorme bala y avanzó a lo largo del camión. Grafitti en el respaldo de los asientos. Grafitti en los vidrios. Basura en el piso y un gargajo verdoso descansaba frente al asiento que ocupó el chico de los grandes ojos pardos. El gargajo estaba fresco, tal vez arrojado en el viaje pasado. Era invierno, mucha gente estaba resfriada. La luz matutina se coló por la ventana sucia ubicada en el lado derecho del chico de los grandes ojos pardos. La obscuridad comenzaba a desvanecerse en la habitación, dejando a la vista leves siluetas de objetos conocidos. Por allá, en el piso, estaba el libro que había hojeado Mingus la noche pasada, hasta tarde (casi la una de la mañana); al lado de la ventana, más allá, estaba el escritorio desordenado de Mingus, tenía la ropa sucia usada el día pasado, su mochila vacía, tres libros, uno de ciencias naturales, otro que tenía pinturas de Van Gohg y el tercero de Kafka, una libreta abierta, una taza con restos helado de fresa tan pegajosa que dos moscas se habían quedado atrapadas, dos plumas, una engrapadora, algunos dibujos hechos por Mingus y su cámara fotográfica; al lado izquierdo de la puerta se distinguía el televisor, y justo en medio de la habitación su silla. El camión se puso en marcha. La puerta, que estaba hasta entonces entrecerrada, se abría por una masa obscura pequeña, Ergna, que también ya estaba despierta e iba al cuarto de Migus sólo para buscar su juguete favorito: un ratón de tela viejo.
-Sólo espero que me disculpe- pensaba mientras movía el brazo para quitarse los piquetes causados por el adormecimiento- ¡Demonios! ¿En qué pensaba cuando le dije viejo imbécil? La vecina de la casa de enfrente abría su rechinante puerta, como todas las mañanas, para barrer el pasillo del edificio. Las cortinas, negras en la noche, tomaban su color diurno, amarillo con naranja. De hecho todas las cosas, negras en la noche, comenzaban a tomar su color diurno. A lo lejos se escuchaban, si se ponía mucha atención, un par de pájaros, tal vez más, en medio de una disputa por comida, los chillidos, característicos de las riñas entre pájaros, se emitían sin cesar. Para entonces Mingus había tomado consciencia de que lo sucedido con el señor Patrk había sido un sueño, y su brazo había recuperado el sentido del tacto y comenzaba obedecer al cerebro del muchacho; pese a ello, sentía tan vivo el sueño que aún pensaba –sólo espero que me disculpe.

Los niños ya habían inventado un nuevo juego: si pasaba un carro azul ellos lo tenían que señalar. El primero que lo hiciera ganaba puntos. El más chico gritaba de emoción cuando ganaba puntos. El chico de los grandes ojos pardos posó su vista en el gargajo, cada vez más café.

-Buenos días, damita, caballero, en esta ocasión le traigo a la venta el nuevo disco compacto que le contiene lo más nuevo del regetón. Diez pesos vale, diez pesos cuesta. La música apagó los demás sonidos. Los niños voltearon olvidando el juego. –Diez pesos vale. El chico de los grandes ojos observaba los objetos externos, deformados por la velocidad del camión. –Diez pesos cuesta. El camión paró junto a un puesto de tamales. Las tortas y el atole despedían un vapor grisáceo que hacía que sus comedores soplaran, inflando los cachetes y soltando su vaho matinal. El frio matutino se hacía sentir en las calles, más no en la caliente cama de Mingus, que por fin se había quitado la lagaña de su párpado izquierdo. El chico de los grandes ojos cerró su vieja revista, se paró de su asiento y anticipó su bajada al apretar el timbre del autobús había llegado a su destino.

2 comentarios:

Arlen dijo...

Porque cuando toco tu mano y poso cada uno de mis dedos en tu palma, acariciando el centro y enviandote algo más que una nota musical, sé que de esa mano brotan las Hhistorias que sólo tu mano y tu mente pueden crear. Las historias que se plasman en la eternidad. ;)

MATARANTULA dijo...

oye oyeee... pense en todos los ALAN que conozco y podrias ser por lo menos 3 jaja... pues agregame al messenger: eric_mata@msn.com acaso eres ALAN de la secu??? Alan de la prepa???? Alan del catecismo ??? CHANGOSSS... SI ERES EL DE LA SECU NO MA, SERIA MUY CHINGON, HACE POCO PENSE EN ESE ALAN JAJA.

EN FIN, PUES TAN CUATES COMO SIEMPRE AUNQUE AUN NO RECUERDO QUIEN SEAS JEJE